Y de repente busqué las líneas que abrieran la brecha, las geniales (por poner algún adjetivo de los miles de superlativos que me llenan la boca) palabras que me hicieran temblar. Y temblé.
Noviembre camuflaba con cafeína las horas de insomnio, y los agujeros del pecho, pero realmente nunca se le dio demasiado bien disimular las cicatrices del tiempo y la distancia. Ni el vacío entre las sábanas.