martes, 14 de abril de 2009

She in the garden.

Recuerdo que los días de lluvia, allá por el invierno de 1996, solía llamar a mi puerta, un aldabonazo leve que hacía que mi cuerpo se pusiera en tensión de inmediato. Esperaba en la entrada, el agua goteándole de la ropa y formando pequeños charcos en el suelo de gres, hasta que yo regresaba con una toalla seca. Ninguna palabra, ni una sola pregunta. Se limitaba a abrazarse a mí con una especie de inexplicable desesperación, los dedos crispados sobre mi espalda, su boca temblando contra mi pecho primero y junto a mi oído después. Los ojos rehuyendo cualquier caricia piadosa. Yo la besaba en la frente, con una ternura más propia de un padre que de un amante, pero ella siempre se encargaba de que nuestras lenguas acabaran enzarzadas en una ardua batalla entre sus labios y los míos. Sentía su pecho palpitando al compás del mío, la respiración agitada que se deslizaba contra mi paladar cada vez que me atrevía a tomar aliento. Los dientes que se me clavaban en la carne arrancándome suspiros involuntarios. Al contacto con mis manos se deshacía, casi literalmente. Estaba seguro de que podría pasar horas enredando sus dedos con los míos, con la mirada perdida y una sonrisa trémula bailoteándole en el rostro, si las sábanas no nos ataran con semejante testarudez.

1 comentario:

mala estrella dijo...

I've already told you. That's wonderful *_*