sábado, 20 de septiembre de 2008

Sanatorium 2.1

Lobotomy.
Lo–bo–to–my.
Leyó y releyó aquella palabra durante unos minutos que le parecieron eternos. Su lengua lamió la cerrada curva de la L, se demoró desinteresadamente en el lazo de la segunda O, y estrechó la última sílaba hasta convertirla en un susurro. Pensó en alcohol. Sí, esa palabra tenía el mismo color grisáceo, incluso el mismo aroma a moho y nieve. Por eso no le gustó. Sólo conocía otro término que oliera igual, y le daban arcadas nada más con recordarlo. Cadáver.
Cuando se fijó en la puerta de cristal sobre la que estaba leyendo aquello, su mente retrocedió hasta el punto en el que había comenzado todo.



El ruido. El miedo. La confusión. Sus ojos, que sólo eran capaces de ver la densa, profunda oscuridad. Y rojo. Una enorme mancha líquida en mitad de aquella negrura impenetrable. Vomitó.Tropezó con algo que había en el suelo en su afán por escapar, y quedó tendido sobre el frío mármol cuan largo era. Al girar la cabeza, unos ojos vidriosos lo miraron, acusadores. La expresión congelada en un rictus de pánico. Vomitó de nuevo.Entonces llegaron ellos. Estaba tan asustado… Pero no lo entendieron cuando les habló, tan solo fruncieron el ceño y murmuraron algo entre dientes.

¡Bang! Estás muerto.

Maldita vocecilla. ¿Por qué no dejaba de reírse de una jodida vez?
Allí estaba, sentada sobre un mueble balanceando sus piernas enfundadas en leotardos rasgados. Lo apuntaba con dos dedos colocados a modo de pistola, y entrecerraba los ojos, risueña.
Él la señaló, quiso avisarlos, pero no logró articular palabra. ¿Qué hacer? Golpeó el suelo con los puños, con la cabeza, gritando desaforadamente.

¡¡¡Lárgate!!!

Se atragantó con algo, y al pasarse el dorso de la mano por la boca, ésta se llenó de una espuma amarillenta y pestilente.



Y ahora estaba ante aquel cristal translúcido. Lobotomy. Y ella lo miraba con aquella repulsiva expresión de suficiencia pintada en el rostro mientras sostenía el reluciente bisturí.




No puedes estar a salvo una vez que se ha metido en tu cabeza

1 comentario:

mala estrella dijo...

Maldita vocecilla. ¿Por qué no dejaba de reírse de una jodida vez?


Joder, qué sensación de locura, tía.

Lobotomy!


Me ha gustado, sobre todo este párrafo, qué ya es la falta de cordura total:

Allí estaba, sentada sobre un mueble balanceando sus piernas enfundadas en leotardos rasgados. Lo apuntaba con dos dedos colocados a modo de pistola, y entrecerraba los ojos, risueña.